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In seinem mit Papieren und vergammelten Seekarten vollgestopften Büro in Carlaforte (San Pietro) klärt uns ein ebenso zerknitterter Beamter der Guardia Costera über das militärische Sperr- Seegebiet auf. Da unsere Signalraketen wohl kaum reichen um eine dieser schnittigen F18 abzuschiessen, lassen wir deshalb altklug Capo Teulada ausser Schussweite auf Backbord liegen und nehmen Kurs auf Ustica. Das Wetter verspricht zudem für uns Angsthasen fünf bis sieben Beaufort aus Südwest. Doch wie so vieles im Leben ist auch dies nur Bluff, ab Mitternacht motoren wir.
Landgang ist teuer und mach seekrank, zum Glück aller stellt sich schon bald die alte Bordroutine wieder ein: vier Stunden schlafen, vier Stunden wachen, vier Stunden döseln. Markus konfiguriert gerade wieder etwas, Hans kocht schon wieder Thunfisch, Marc hat Heimweh und vermisst jemand (aber wer?). Zudem beschliesst der Kapitän gerade mal wieder, dass wir doch noch besser zehn Minuten warten bis wir uns entscheiden. Kurz; so richtig wohltuend langweilig.
Im Laufe der zweiten Nacht erscheint aus dem nächtlichen Dunst die nur 1,5 Meilen kleine Insel Ustica (auf griechisch „Osteodes“, die Knocheninsel). Der hoch ersehnte „Spritz“ (Aperitif) entfällt, denn wir sind zu früh oder zu spät. Morgens um fünf ist einfach eine allzu schlechte Zeit für beinahe alles im Leben – so streichen wir den Landgang. Dies hätten mit Sicherheit auch jene sechstausend karthagische Soldaten vorgezogen, welche hier nach einer Meuterei ausgesetzt wurden und jämmerlich an Hunger und Durst starben. Dann doch lieber ein Bier auf Tuvalú.
Sechzig Meilen später taucht aus dem Dunst eine unserer Lieblingsinseln auf: Alicudi. Ein schroff aus dem Meer aufsteigender 666m hoher Vulkankegel. Ein Dorf, ein Dutzend Esel, Millionen von Kapern. Da wollen wir hin. Doch leider scheitert unser Versuch das Anlandens an der Betonmole da wütende Fallwinde den Hügel runter sausen. Unseren jungfreulicher Schiffsrumpf bleibt somit wie er ist und wir nehmen Kurs auf Finicudi und bald zeigt sich, dass die Fallwinde auch horizontal blasen. Die eolischen Inseln machen ihrem Namen alle Ehre und wir binden Reff um Reff ein bis wir – gemäss Marc „wie ein gerupftes Huhn“ – mit dem 3.Reff und klitzekleiner Rest – Genua in Sabina einlaufen.
Am Sonntagmorgen laufen wir bei Windstille wieder aus. Salina erhält die Ehre in die gefürchtete goldene Liste der SY Tuvalú aufgenommen zu werden, welcher die teuerste Häfen der Welt verzeichnet. Dass wir die Liegeplatzgebühren dieser leicht stinkenden Marina noch von 90 auf 70 Euros runterhandeln soll ihre ehrenvolle Aufnahme nicht verhindern. Erleichtert nehmen Kurs auf die Strasse von Messina.
Seufzend fuhren wir so hinein in die Enge des Meeres.
Hier die Skylla, und drüben schlürft die hehre Charybdis
Fürchterlich gurgelnd ein das salzige Wasser des Meeres.
Spie sie es wieder hinaus wie ein Kessel auf heftigen Feuer
Brauste es empor in brodelndem Strudeln, und hoch hinauf
Spritzte der Schlamm und bedeckte auf beiden Felsen die Spitzen
Wie schon ein paar Jahre vor uns ein gewisser Herr Odysseus stellen wir uns notgedrungen - scheinbar mutig - den zwölf unförmigen Füssen, sechs Schlangenhälsen (mit jeweils drei dichten Reihen von Zähnen versehenen scheusslichen Köpfen) der Skylla, welche auf den vorbeifahrenden Schiffen die Seeleute von Bord wegschnappen. Ebenso der Charybdis, ein mächtiger Strudel, welcher unachtsame Schiffe in seinem gierigen Rachen verschlingt. Und effektiv: es blubbert, gurgelt und strömt heftig gegen an. Ach, wenn unsere Frauen wüssten wie wir zu leiden haben! Auf der Höhe des Capo dell’ Arm stellen die Götter den ganzen Zauber Knall auf Fall ein – leider auch der Wind welcher innert hundert Meter von 28 Knoten auf Null zusammenfällt. Die minuziöse Zählung der Crew zeigt wider erwarten keine Verluste an, wir nehmen Kurs auf Korfu.
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En Carlaforte (San Pietro), en su despacho lleno de documentos y cartas náuticas viejas, un funcionario arrugado de la Guardia Costera nos informa sobre la área restringida de navegación por motivos militares. Ya que nuestros cohetes de emergencia no tienen potencia y alcance suficiente para abatir uno de estos elegantes F18 dejamos a buena distancia Capo Teulada y tomamos rumbo a la isla de Ustica. El tiempo promete cinco a siete Beaufort de suroeste. Embusteado como muchas cosas de la vida todo es falso y a partir de medianoche tenemos que poner el motor.
Ir a tierra es caro y causa al marinero mareo, por suerte se establece ya pronto a bordo la vida rutinaria: dormir cuatro horas, cuatro horas de guardia, cuatro horas en espera. Markus esta configurando algo, Hans una vez mas prepara el atún, Marc echa de menos a alguien pero no sabe a quien. Por fin el capitán decide una vez mas que seria mejor esperar diez minutos mas antes de decidirse. En otras palabras; inmejorablemente tranquilo.
Poca a poca aparece durante la segunda noche en la niebla nocturna la pequeña isla Ustica (en griego “Osteodes”, la isla de los huesos). El aperitivo “Spritz”, muy deseado por toda la tripulación, se anula, ya que es demasiado pronto o bien tarde. A las cinco de la mañana es una hora muy mala para casi todo en la vida – así anulamos la excursión a tierra. Seguramente es lo mismo que hubieran preferido igualmente los seis mil soldados cartagenas cuando después de una rebeldía fueran puesto a tierra aquí y morían de sed y hambre. Mejor una cerveza en Tuvalú.
Sesenta millas mas tarde aparece entre las brumas Alicudi, una de nuestra islas preferidas. Un cono volcánico de 666 metros que se eleva de la inmensidad del mar. Un pueblos, doce burros, millones de alcaparras. Ahí es donde queremos ir. Pero desgraciadamente fracasa nuestro intento de atracar en el muelle de hormigón por las ráfagas violentas que bajan de la montaña. El casco queda virgen y inmaculada y tomamos rumbo a la siguiente de las islas eólicas: Finicudi. Pronto veremos que las ráfagas bufan también sobre el mar abierto, las islas justifican plenamente su nombre. Metemos rizo detrás rizo hasta que entramos con el tercer rizo del mayor y un ridículo resto de la Genova – según Marc con un aspecto como “un pollo si plumas” – en el puerto de Salina.
El domingo por la mañana zarpamos sin viento. Brindamos a la marina turístico de Salina la oportunidad de formar parte de la famosa lista de oro de la SY Tuvalú (que menciona los puertos mas caros del planeta). El hecho que podemos regatear el precio del amarre de 90 a 70 Euros y su suave olor de cloaca no impide su inclusión honorable. Felices ponemos rumbo al estrecho de Messina.
Suspirando hondo entramos en el estrecho de mar
Aquí la Skylla, y ahí sopla la noble Charybdis
terriblemente gargareando el mar salada
Escupiéndolo con una olla de fuego violento
Rugiendo hacia arriba en el remolino bullendo, y en las alturas
El fango salpicando cubre ambas puntas de las rocas
(fragmento de Ulises; apunte del traductor: tenemos solamente el texto en alemán, y tampoco se entiende…)
Como ya hace un par de años un tal Señor Ulises, nos confrontamos sin remedio, aparentemente valiente, a la Skylla. Con sus 12 pies desformados, sus seis gargantas de serpientes (cada uno con una cabeza horrorosa con sus tres filas de dientes) suele quitar y comer los marineros de los barcos que pasan por delante. Al otro lado del estrecho la Charybdis, un tremendo remolino que traga en su garganta habida a los barcos negligentes. Y efectivamente: Burbujeando, gargareando y con la corriente en contra. Ojala nuestras mujeres sabrían como estamos sufriendo! En la altura del Capo dell’ Armi los dioses nos escuchan y paran de golpe el viento de unos 30 nudos a cero. El resultado del recuento a raja tabla de la tripulación resulta contra todo pronostico que no había bajas y enseguida tomamos rumbo a Corfu.